Acero Pérez, Amor. Fusilado (Ilegalmente): 16/05/41 In Memoriam ( 12 )

Bienio negro. Revolución octubre (Asturias):

Ante la petición de Gil-Robles comunicando a Lerroux que no se fia del jefe de Estado Mayor, general Masquelet, los generales Goded y Franco (que tenía experiencia al haber participado en la represión de la huelga general de 1917 en Asturias) son llamados para que dirijan la represión de la rebelión desde el Estado Mayor en Madrid. Estos recomiendan que se traigan tropas de la Legión y de Regulares desde Marruecos. El gobierno acepta su propuesta y el radical Diego Hidalgo, ministro de la Guerra, justifica formalmente el empleo de estas fuerzas mercenarias, en el hecho de que le preocupaba la alternativa de que jóvenes reclutas peninsulares murieran en el enfrentamiento, por lo que la solución adoptada le parece muy aceptable.

El general Eduardo López Ochoa, comandando las fuerzas militares gubernamentales, se dirigió a apoyar a las tropas sitiadas en Oviedo, y el coronel Juan Yagüe con sus legionarios y con apoyo de la aviación. Oviedo quedó libre al poco tiempo y poco después Gijón. Tanto la liberación de Asturias como la represión posterior fueron muy duras.

Más de 40.000 hombres armados entre guardia civil y guardia de asalto, tropas moriscas y del tercio de regulares, ejército de tierra y de la marina, fueron necesarios para acabar con la Revolución de Octubre del 34. Incluso en las batallas que se libraron la confianza de los oficiales en sus tropas era tan precaria que la primera línea, sobre todo en la represión, fueron siempre «moros y regulares».

Tres columnas se dirigieron hacia Asturias desde el este, el oeste y el sur. El 7, una fuerza considerable de tropas moras y de la Legión Extranjera (dos banderas de la Legión y dos tabores de Regulares - nativos marroquíes - ) enviadas urgentemente desde Marruecos, desembarcaron cerca de Gijón y se unían con la columna que venía del este. El 10 ocuparon Gijón. El 12, la columna principal que venía del oeste, bajo el mano del general López Ochoa, realizó la unión las tropas moras y con los legionarios del coronel Yagüe en las afueras de Oviedo. Siguieron tres días de fuertes combates en las calles, pero el día 17 era evidente que el alzamiento estaba vencido, y Berlamino Tomás, uno de los dirigentes mineros, se entrevistó con López Ochoa y concertó la rendición para el día siguiente. La única condición que impusieron fue que la de los destacamentos moros, no fueran los primeros en entrar en los pueblos mineros.

Las pérdidas fueron serias: unos 3.000 muertos y 7.000 heridos., la mayoría de ellos trabajadores (Según estadísticas oficiales menos de 300 de los muertos pertenecía a las fuerzas armadas) En Oviedo, el centro de la ciudad, incluyendo la Universidad, quedó destruido. La catedral fue seriamente dañada y su capilla del siglo VIII, la Cámara Santa, que contenía un tesoro que databa de los siglos X y XI voló hecha añicos por la explosión de una mina. El fuego de artillería de los soldados y la dinamita de los mineros causaron estos destrozos.

Por mucho que la propaganda oficial y los medios de difusión informativa afines intenten desde entonces establecer una equiparación entre las dos fuerzas enfrentadas, mineros y militares, resulta más que evidente por muy lego que uno sea en estos temas que es imposible esta equivalencia de fuerzas y los medios de que disponían unos y otros. Por mucho que fuera el ardor revolucionario de los obreros, por mucha dinamita y fusiles que estos pudieran disponer poco podían hacer frente a columnas de choque (Legión y Regulares) que eran lo más efectivo del Ejército español y cuyos métodos serían más que discutibles aún dentro de la barbaridad que es toda guerra. Y, no solo esto, los militares estaban coordinados y dirigidos desde un Cuartel General, sus servicios de información y de comunicación les proporcionaban al detalle y al momento de la situación real y sus mandos, desde general hasta sargento eran profesionales con amplia experiencia y acostumbrados a la guerra desde su experiencia en Marruecos. Por si fuera poco esto, contaban con artillería de campaña y, por tanto, con una alta capacidad de fuego. Por tanto, cualquier intento de equilibrar las fuerzas enfrentadas solo es un intento de manipular a la opinión y llevarla a sus interese partidistas.

Lo mismo podría decirse de los efectos que sobre la población civil, religiosa o militar tuvo el intento revolucionario y las represalias posteriores, exagerando las primeras y minimizando las segundas, como ya se verá en el capítulo que dedicaremos a ello. La impresión producida en toda España por este alzamiento fue, naturalmente tremenda. Uno de los efectos que menos podían esperarse fue la atroz campaña emprendida ferozmente por todos los periódicos de derechas.

La derrota fue cruenta y sangrienta para la clase obrera que había osado ponerse en pie frente a sus explotadores. El general Franco dirigió las operaciones desde el Ministerio de Madrid, pues ya tenía experiencia represiva en la región al ser el responsable de atajar en Asturias la huelga general de 1917.

La responsabilidad de la derrota no fue debida tampoco a la falta de conciencia de los trabajadores. Esto está fuera de toda duda. La Comuna asturiana es la prueba decisiva.

Todos los errores técnicos, militares... en realidad tienen su origen en la incapacidad de las direcciones obreras (en esos momentos fundamentalmente la socialista y la anarquista) para encabezar la lucha revolucionaria en todo el país. En esa medida no hubo un plan de acción, y de repente había fusiles pero no municiones, o casos más graves, como la negativa, por disensiones sindicales, de los trabajadores de los ferrocarriles (de mayoría anarquista) a secundar la huelga, que permitió al gobierno tener una total disposición para el transporte de tropas y material bélico.

Pero la lucha de octubre no terminó en derrota definitiva gracias al proletariado asturiano. Sin su actitud decidida y heróica quizás hubiésemos presenciado una anticipación histórica similar a la de Chile en el 73. Las masas pidiendo las armas y un plan de lucha a sus dirigentes, y ni unas ni otro llegaron nunca. O peor aún, sin octubre del 34 el fascismo podría haber llegado a ganar en las urnas, «democráticamente», tal y como sucedió en Austria, Alemania o Italia con un efecto desmoralizador aplastante en el movimento obrero. Octubre del 34 marca la diferencia con lo sucedido en esos países. El fascismo no pudo llegar al poder a través de las urnas. Nunca tuvo el apoyo masivo que por ejemplo en Alemania y tuvo que vencer a la clase obrera militarmente en una guerra civil de tres años.