Abellá Sobrino, Ramón. Fusilado (Ilegalmente): 25/07/41 In Memoriam ( 8 )

Gobierno del Bienio Negro:

Las intenciones del gobierno se vieron pronto. En el espacio de pocas semanas toda la legislación de las Cortes Constituyentes que fijaba salarios y condiciones de empleo fue anulada o amortiguada. La garantía de los arrendatarios contra cualquier disposición caprichosa fue suprimida: unos 10.000 campesinos que habían sido asentados en grandes propiedades de Extremadura fueron desposeídos de sus derechos. Los salarios (que sin duda eran demasiado altos) fueron reducidos en un 40% y un 50% y los terratenientes, para colaborar, comenzaron a despedir a los trabajadores. Al mismo tiempo todo aquello de la política anticlerical del último gobierno que podía ser escamoteado lo fue, y la sustitución de las escuelas religiosas por laicas fue pospuesta indefinidamente. El presupuesto de la educación fue también drásticamente reducido. Estas medidas eran extraordinarias por demás, ya que los radicales habían ganado siempre sus elecciones por su sello anticlerical y habían votado recientemente por la laicización de la educación. Era el precio que había que pagar por la ayuda de la CEDA.

Más significativo fue la aceptación de un decreto de amnistía dando la libertad a todas las personas complicadas en el alzamiento militar de Sanjurjo, reponiendo a los oficiales en los puestos que ocupaban antes y abonándoles la paga de todo el tiempo que habían estado en prisión. Los nobles cuyas haciendas habían sido confiscadas las volvieron a recuperar. Este decreto que sancionaba claramente el derecho de los militares a alzarse contra el gobierno fue aceptado después de un gran tumulto en las Cortes y el presidente lo firmó declarando tímidamente que él lo desaprobaba personalmente. Una tentativa del ministro de Justicia para restablecer la pena de muerte no fue tenida en cuenta por miedo a que ello provocara una revolución. En una palabra, no hubo un acto del anterior gobierno que no fuera echado a un lado o desfigurado. Con todo, el gobierno radical era débil: hubo crisis ministeriales casi todas las semanas y una ola de pequeñas huelgas por todo el país imposibilitaban toda recuperación comercial.

Los anarquistas no habían esperado, desde luego, a que el nuevo gobierno enseñara las uñas para declararle una guerra abierta. El resultado de su campaña de abstención fue la victoria de las fuerzas reaccionarias y ahora querían lavar su imagen en respuesta de este “triunfo del fascismo”. Querían mostrar a los socialistas el camino para combatir a la burguesía.

Después de consultas con la FAI se decidió que una acción revolucionaria más fuerte que nunca era necesaria pero la mayoría de las federaciones regionales estaban exhaustas por anteriores alzamientos y no tenían armas. Se decidió, por esta causa, que solo se alzase la Federación aragonesa siendo ayudada por otras partes del país por medio de huelgas generales.

El alzamiento estalló el 8 de diciembre y el comunismo libertario fue instaurado en muchos pueblos de Aragón y en los viñedos de La Rioja. En Zaragoza, Huesca y Barbastro alzaron barricadas e intentaron el asalto a los edificios públicos, en otras partes de España, Andalucía, Valencia y La Coruña, hubo huelgas y quema de iglesias. Solamente Cataluña, agotada por los esfuerzos del año anterior, se mantuvo quieta. Pero la insurrección duró poco. El gobierno envió tropas y al cabo de cuatro días todo estaba terminado. El gobierno podía contar con el ardor del ejército y de la policía republicana contra la CNT. (En el alzamiento, fueron muertos 67 miembros de la CNT y 87 gravemente heridos. Esto demuestra la envergadura relativamente pequeña de la lucha. Se llevaron a cabo casi 6.000 detenciones por la policía y la CNT fue declarada ilegal, aunque el gobierno era demasiado débil para mantener tal medida)

La diferencia en la actuación entre la CNT y la UGT era evidente y, en la segunda, una nueva multitud de trabajadores sindicales había surgido y muchos dirigentes percibían salarios espléndidos, pero los obreros habían conseguido con ello pocos beneficios. Durante todo este tiempo los anarquistas habían estado dando muestras de su entrega a la causa obrera por medio de huelgas heroicas, descabellados e infructuosos alzamientos y en las celdas de las cárceles. La UGT vacilaba y, por primera vez en 50 años de estricto reformismo, el Partido Socialista empezó a ser revolucionario.

Se debe considerar lo que este cambio significaba. Solamente dos años antes, Fabra Rivas, subsecretario del ministro de Trabajo, Largo Caballero, declaraba: “No es suficiente practicar el socialismo. Hay que conquistarlo, hay que merecerlo. El Partido Socialista espera que la República le permitirá a realizar esta labor ya que por ello la ha defendido con todo ardor”.

Para explicar la s razones de este cambio es preciso realizar un retroceso en el tiempo. Cuando cayó la Dictadura, los socialistas eran todavía un partido pequeño. Su central sindical, la UGT; era infinitamente inferior a los anarcosindicalistas. El número de sus afiliados no llegaba a los 300.000. Durante la República se extendió enormemente logrando llegar en junio de 1.932 hasta el millón de miembros. En 1.934 se llegó a 1.250.000 afiliados. Este prodigioso aumento le dio conciencia de sí misma, algo que no había tenido antes. Una cosa debe ser observada en esta expansión, la mayoría de los nuevos adeptos pertenecían, o bien a los pequeños campesinos y labradores sin tierras o a la clase de los empleados y dependientes de comercio. Los socialistas ganaron terreno aquí a la CNT gracias a la nueva legislación del trabajo y a las esperanzas que su posición en el gobierno habían despertado. El número de mineros, trabajadores industriales y ferroviarios mostraba poco aumento porque la mayoría de ellos habían estado antes alternativamente bajo la influencia de anarquistas y socialista.. Los siguientes número, tomados en junio de1.932 dan los siguientes resultados: 445.411, trabajadores rurales; 287.245, trabajadores industriales, mineros y ferroviarios; 236.829, oficinistas y empleados de comercio.

Estas cifras muestran por qué los socialistas eran tan sensibles al descontento de las regiones campesinas y por qué estaban tan ansiosos de una comprensiva solución agraria.