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Abajo Calvo, Lino. Fusilado (Ilegalmente): 18/06/40 In Memoriam ( 7 ) |
Una estimación exacta de los resultados resulta muy difícil de hacer por las coaliciones que se hicieron en aquel momento, particularmente por los partidos autodenominados republicanos, que se presentaron en algunas circunscripciones con los partidos de la derecha y en otras con el PSOE. Las cifras más aproximadas serían las siguientes:
Derecha 3.365.700 votos
Centro 2.051.500 votos
Izquierda 3.118.000 votos
Total 8.535.200 votos (67,5% del censo)
En realidad, no hubo una sustancial pérdida de votos por parte del PSOE, que obtuvo más de 1.600.000 votos (aproximadamente un 20% del electorado que votó, cerca de 9 millones) y apenas 58 escaños, que correspondía a poco más del 10% de los existentes en el hemiciclo, 471.
El número de votos, por un lado, demostraba las enormes reservas de apoyo del Partido Socialista entre las masas a pesar de su política de no enfrentamiento con los poderes fácticos. Ahora bien, en el aspecto cualitativo, sí podemos encontrar algunas claves del descontento y la desesperación existentes contra el Gobierno: sí fue muy significativo el incremento de la abstención con respecto a las de 1931, fundamentalmente en las zonas con preponderancia obrera y jornalera, como fue el caso de Málaga, Cádiz, Sevilla, Pontevedra, Zaragoza, Barcelona, etc., donde las consignas de la CNT tuvieron más calado.
Al mismo tiempo, los procesos de división, en casi constante aumento, en la dirección del PSOE, indicaban la radicalización cada vez mayor de los afiliados y del movimiento obrero. Así, Largo Caballero, ya en julio de 1933, declaraba: "Nosotros sabíamos, y la experiencia lo está confirmando, que no es suficiente para la emancipación de la clase trabajadora una república burguesa; que para la emancipación de la clase trabajadora no es suficiente tener leyes sobre el papel".
Las disensiones de las izquierdas no bastan para explicar esta situación. Las fuerzas de la derecha se habían fortalecido grandemente. En anteriores habían sido eliminadas porque habían estado asociadas a la monarquía. Sus partidarios se abstenían o votaban por los radicales, con la esperanza de poner freno a la República. Ahora sus éxitos se debían a una cuidadosa organización. Después de la destrucción de los viejos partidos monárquicos en 1.931, un nuevo partido, Acción Popular, fue fundado como la rama política de Acción Católica. Acción Popular vino a representar la reacción de la Iglesia, y especialmente de los jesuitas, contra la República. Fue una imitación superficial del partido católico alemán y, en la intención de sus fundadores, no sería simplemente el partido de los caciques, del ejército y de la aristocracia, sino también de las masas católicas. Aceptaba la República pero no las leyes anticatólicas, y la mayor parte de su programa era una demanda de la revisión de la Constitución. Su programa social era de calidad vaga e imprecisa porque los pocos católicos que veían la necesidad de una reforma agraria y de un seguro contra enfermedades y desempleo eran eclipsados y empequeñecidos por los terratenientes. A pesar de las buenas intenciones expresadas por los fundadores del partido, aquellos trazaban siempre la línea política porque ellos eran quienes proveían los fondos. El cerebro del parido era Ángel Herrera, director de “El debate”, un periódico controlado por los jesuitas, quién puso al frente como jefe a un joben de algún talento, pero de muy mediocre personalidad, llamado Gil Robles.
A José María Gil Robles le eligieron sus jefes como dirigente del nuevo partido católico y le arreglaron su boda con la hija del conde de Revillagigedo, uno de los hombres más ricos de España, quién le proporcionó la posición y amistades requeridas por un dirigente católico como él, yendo de “luna de miel” a Alemania. Primeramente, visitó la asamblea de Nüremberg en donde quedó fuertemente impresionado por Hitler y Dollfuss. La persecución nazi de la Iglesia le hizo reaccionar de su primera impresión, fijando sus ojos en el Estado corporativo austriaco que vino a ser la meta a la que deseaba llevar a España.
El primer paso a dar consistía en agrupar alrededor de Acción Popular varias pequeñas entidades católicas. El nuevo partido así formado se denominó Confederación Española de Derechas Autónomas, CEDA. Este partido procedió a la formación de un bloque para presentarse a la elecciones compuesto de cuatro partidos más de derechas: Renovación Española, el pequeño partido monárquico; Comunión Tradicionalista, el partido carlista; los nacionalistas vascos y los agrarios. Este último era un partido de mucha afinidad con la CEDA, cuyo programa estaba enteramente confinado a la defensa de los hacendados. Representaba en las zonas rurales lo que los radicales en las ciudades. Gil Robles, cuyo partido, la CEDA con sus 110 diputados era el más fuerte en las Cortes, fue el dirigente de la nueva combinación de gobierno.
Los meses siguientes fueron empleados en preparativos. Hicieron informes extractados, al estilo nazi, sobre cada votante precisando sus opiniones, lugar de trabajo y quién podría influir en él. Fueron organizados actos políticos y reuniones. Todo esto costaba dinero. Los viejos partidos de la monarquía habían tenido siempre fondos medianos. Sus gastos en las elecciones eran reducidos al mínimo, pero ahora el sistema caciquil funcionaba solamente en regiones aisladas y, por esta causa, era necesario el dinero para la propaganda en las ciudades y para comprar los votos en el campo. Los terratenientes eran los únicos que podían darlo. Así toda esperanza de que la CEDA realizara la más modesta reforma social fue desechada desde un principio.
El partido más grande las Cortes era la CEDA, pero no había obtenido mayoría absoluta. Era natural, por tanto, que el centro, o sea, los radicales, deberían formar gobierno. Ellos podían depender de los votos de la izquierda o de la derecha, resulta significativo que prefirieran estas últimas. Como resultado de esto hubo una pequeña escisión y Martínez Barrio, junto a una treintena de incondicionales tomó asiento junto a Azaña. La Liga y por algún tiempo los agrarios formaron parte del gobierno. Estos últimos tenían la política de ayudar a los terratenientes “revalorizando los productos agrícolas”, en otras palabras, aumentando los impuestos sobre los cereales importados y reduciendo los salarios, y estaban ansiosos por aplicarla.







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