Abadín Íñiguez, Eulogio. Fusilado (Ilegalmente): 23/10/40 In Memoriam ( 6 )

He creído necesario incluir en la relación de huelgas mineras asturianas las que se llevaron a cabo posteriormente a la de 1.934 para que pudiese comprenderse bien el espíritu de estos obreros auténticos empedernidos luchadores por sus derechos y mejoras socio-laborales y como prueba de que, si esto era así en los años posteriores, con más motivo lo fue en aquellos años en los que sus derechos eran pisoteados impunemente por unos empresarios más dispuestos al beneficio que a la medidas de seguridad, a un primer bienio republicano que no había cumplido sus expectativas y a un segundo, “el bienio negro”, que estaba resultando nefasto para sus intereses dado el desmantelamiento que estaba provocando el gobierno de la derecha.

Veamos ahora los antecedentes políticos:

La elecciones llevadas a cabo en noviembre de 1.933 terminaron con una aplastante derrota da las izquierdas. Las izquierdas republicanas fueron casi aniquiladas. Hubo varios factores que explican el por qué de aquellos resultados. Posiblemente el más importante fue el desencanto y la frustración de sectores amplios de las masas por la política realizada por el Gobierno republicano-socialista. Con el advenimiento de la II República, muchos trabajadores, tanto del campo como de la ciudad, jóvenes, capas sociales depauperadas, etc., tuvieron grandes ilusiones en que, tras décadas de miseria, opresión, hambre, explotación..., por fin, podría empezar a cambiarse el signo de sus vidas en la dirección de mejores condiciones de trabajo y de existencia.

Dirigentes de los partidos de izquierda, aún hoy, siguen sin comprender cómo es posible que las masas mostraran una actitud tan crítica y, en algunos casos, beligerante, contra la "obra política y social" del bienio republicano-socialista. Citan las leyes de 1931 y 1932 de accidentes de trabajo en la agricultura y en la industria respectivamente, la ley de términos municipales, que provocó la indignación de los terratenientes, las bases aprobadas en los Jurados Mixtos estableciendo siete días de vacaciones al año retribuidas (hecho que, en gran parte de los países europeos, no se daba), prohibición del desahucio de campesinos arrendatarios, establecimiento de salarios mínimos agrarios y por siega, extensión de la jornada de ocho horas diarias a todas las actividades laborales, etc.

Teniendo en cuenta la situación del capitalismo en los años treinta, el problema radicaba en que aquellas medidas, claramente positivas, chocaban frontalmente contra los intereses de los terratenientes y los burgueses. De hecho, se dedicaron a emplear todas sus energías en obstaculizarlas o, si no había más remedio, ralentizarlas en su aplicación hasta el punto de hacerlas pasar casi inadvertidas.

La única posibilidad de haberlas llevado a la práctica era atacando el fundamento del por qué no se aplicaban: la propiedad privada de los medios de producción. Así, era imprescindible la expropiación de los ricos, nacionalizando la banca, los monopolios y los latifundios sin indemnización.

Estas elecciones generales de noviembre de 1933, las primeras verdaderamente democráticas, con sufragio femenino, tuvieron por resultado la mayoría de las derechas: 258 diputados de derecha, 119 de centro y 95 de izquierda. Esta última se presentó desunida, mientras que la derecha se agrupó en torno a la CEDA. La participación fue del 67'46%, con una notable abstención en las zonas de mayoría anarquista.

Pero esta cifras pueden resultar engañosas. La ley electoral de la República estaba configurada para favorecer la creación de dos grupos fuertes en las Cortes, a imitación del sistema de partidos inglés. A la parte victoriosa en las elecciones se le daba una representación en las Cortes, que estaba fuera de toda proporción con su número de votos. En aquellas elecciones las derechas habían presentado un frente unido y las izquierdas no. Así, sucedió que, aunque las derechas obtuvieron el doble de puestos en las Cortes que las izquierdas, el número de votos obtenido por aquellas fue inferior al de los desunidos partidos de la izquierda.

Varias fueron las causas de esta derrota de los partidos de izquierda: Por un lado la negativa del PSOE de colaborar con ellos en las elecciones; este partido se había desprestigiado de cara a sus electores a causa de los sucesos de Casas Viejas, la no resuelta Reforma Agraria y la insatisfacción de unos obreros que no conseguían alcanzar el nivel de vida soñado. Otra causa fue la abstención de los anarquistas. En 1.931, gran cantidad de ellos habían votado por primera vez, contagiados por el entusiasmo general. En este año organizaron una campaña de “no votad” respaldada por su propaganda; siendo el voto de la CNT para los partidos republicanos, jamás lo hizo por los socialistas.

Otro de los condicionantes fue el voto femenino. En la clase trabajadora era esperable que votase a los socialistas, pero en la clase media, aunque sus maridos votasen república, ellas, influenciadas por los consejos del cura del lugar votaban derecha.