Los libros para las escuelas también fueron objetos de normas para su control, lo que se realizó en agosto de 1.938 (orden de 20, BOE del día 25) y se reguló la Ley de Propiedad Intelectual en octubre de 1.938 (orden del7, BOE del día 12). En esta misma dirección se promulgó otra disposición de carácter ideológico, como fue la orden de 1.939, por medio de las cuales las Bibliotecas Públicas debían hacer entrega de la relación de los libros convenientes para la adquisición, ya que ello reforzaba las medidas censoras.
Muy distinta fue la dinámica durante la guerra civil en la zona republicana y en la nacionalista: mientras que la primera continúa su trayectoria, dentro de la legislación vigente, de extensión de la cultura a la población, en la segunda, la actividad se centra en el control, censura, incautación, depuración e incluso quema de bibliotecas. Vicens de la Llave, en su informe sobre la situación de las bibliotecas españolas durante la guerra, explicita que todo el proyecto bibliotecario republicano fue desmantelado: “ .... la suerte de las bibliotecas que se encuentran actualmente en zona rebelde, la historia es simple, siempre la misma: el bibliotecario es fusilado, los libros son quemados y todos los que han participado en su organización son fusilados o perseguidos”. La depuración de bibliotecas y censura de libros fue uno de los objetivos prioritarios del bando nacional durante la guerra civil y también en la posguerra, e incluso va a perdurar durante mucho tiempo. Drásticamente, se trató de acabar con cualquier forma de difusión y propaganda de todas las ideas del bando republicano para fomentar las ideas patrióticas del nuevo Estado basada en el nacional-catolicismo.
La sistemática quema, destrucción y depuración de las bibliotecas continuó pese a que el Gobierno Republicano se viera obligado al exilio, junto con miles de personas que habían combatido al lado de la República. El auge tan inconmensurable de la cultura durante ese momento se había visto apoyado, en gran manera, por la creación de todo tipo de bibliotecas. La política bibliotecaria republicana fue desmantelada de forma total, eficaz y definitiva. Sin embargo, intelectuales, artistas, pensadores y bibliotecarios prosiguieron su acción más allá de nuestras fronteras en muchos países de América Latina, como México, país que asimiló una eclosión cultural en sus instituciones académicas universitarias, junto con su sistema bibliotecario creado por los bibliotecarios españoles exiliados.
A través de estos capítulos, hemos sido testigos del afán culturizador acometido por la Segunda República consciente de que una sociedad auténticamente democrática solo podría conseguirse a través de ciudadanos libres, y con el suficiente grado de educación y cultura, para que pudieran realizar los compromisos republicanos y democráticos con absoluto conocimiento de ellos y libres de los prejuicios religiosos y de todo tipo que había sido la característica del pueblo durante siglos. Por ello, la república quiso dinamizar la cultura y se embarcó en un esfuerzo titánico, teniendo en cuenta de donde partía, para lograr estos objetivos, aún después del “parón” que supuso el Bienio Negro, con el triunfo de la derecha en las urnas, y de la enorme conmoción que supuso la guerra civil y los esfuerzos que hubo que sustraer de otras políticas para dedicarlos a la dirección de la guerra,
También hemos visto el otro lado de la moneda, la acción del bando rebelde tendente a todo lo opuesto perseguido por la República, como todo Estado totalitario, su imaginario se dirigía al control, censura y destrucción de todo lo que supusiera aproximarse a la libertad y a la cultura, y lo hizo como lo llevan a la práctica estos Estados, con el terror y el asesinato. Apoyándose en la Iglesia y lo más reaccionario de la sociedad, las “cuadrillas” formadas por miembros de la Falange se dedicaron a la búsqueda y “ajuste de cuentas” de todos los que se habían posicionado al lado de la República. La filosofía de este nacional-catolicismo, pensamiento único aceptado por los golpistas y sus colaboradores, era claro, alejarse de todo lo que significaba progreso en las ideas y mirar hacia el pasado, ese pasado oscuro que había llevado al pueblo al grado de postración intelectual y de miseria económica y social con el que lo encontró la República el 14 de abril de 1.931. Hasta aquí hemos visto las medidas tomadas por el Estado del bando rebelde respecto a los libros y bibliotecas, ahora, en próximas entregas, veremos la vesania con la que actuó contra los agentes difusores de la cultura, las maestras y maestros, mártires inocentes por su implicación en la educación del pueblo, magníficamente retratados en la obra “La lengua de las mariposas”, de Manuel Rivas.







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