Una vez vista la labor de la Segunda República creadora de bibliotecas y difusora de la cultura a través de la lectura repasemos lo que fue el proyecto relativo a la escuela y que hundía sus raíces en una escuela pública, obligatoria, laica, mixta, inspirada en el ideal de la solidaridad humana, donde la actividad era el eje de la metodología.

De todas las reformas que se emprendieron a partir de abril de 1.931, la estrella fue la enseñanza. Según el catedrático de la Historia de la Educación de la Universidad de Alcalá de Henares, Antonio Molero, “Sin ninguna duda, la mejor tarjeta de presentación de la Segunda República fue su proyecto educativo”

“Efectivamente, fue la piedra angular de todas las reformas: había que implantar un Estado democrático y se necesitaba un pueblo alfabetizado. Era el Estado educador”, ratifica la doctora en Historia por la Universidad de Huelva, Consuelo Domínguez. Tanto ella como Molero se han especializado en la enseñanza de la Segunda República, un ambicioso proyecto que los maestros acogieron con entusiasmo.

La Segunda República encontró una España tan analfabeta, desnutrida y llena de piojos como ansiosa por aprender. Y los más ilustres escritores, poetas, pedagogos, se pusieron manos a la obra. Se proyectó la paulatina creación de 27.000 escuelas, pero mientras, los ayuntamientos adecentaron salas donde educar a los niños. Entonces las maestras realizaron un papel esencial al enseñar en sus casas subvencionadas por el ayuntamiento. La Segunda República se propuso llenar las escuelas con los mejores maestros, pero los docentes de la época tenían una formación casi tan exigua como sus salarios. Con Marcelino Domingo como ministro y Rodolfo Llopis, como director general de Primera Enseñanza, se elaboró el “mejor Plan Profesional para los maestros que ha existido en nuestra historia”, asegura Domínguez. El sueldo miserable de aquellos voluntariosos maestros subió a 3.000 pesetas al tiempo que se realizaban para ellos curso de reciclaje didáctico. En aquellas Semanas Pedagógicas recibían asesoramiento de los inspectores, para remozar su formación. La carrera de Magisterio elevada a categoría universitaria, dignificó la figura del maestro. A los aspirantes se les exigió, desde entonces, tener completo el bachillerato antes de matricularse en las Escuelas Normales, donde se enseñaba pedagogía y había un último curso pagado. “Se hizo del maestro la persona más culta, eran los intelectuales del pueblo”.

Señala Consuelo Domínguez, “Fue una escuela en la que se educó a los niños atendiendo a su capacidad, actitud y vocación, no a su situación económica. La educación pública recibió financiación para ello, y eso era algo que la escuela privada miró con recelo”, recuerda Molero. “Todo tenía el aroma pedagógico de la Institución libre de Enseñanza, que fue el soporte intelectual en el que se apoyó la Repùblica. Aunque diseño una escuela más laica”. Efectivamente, laica y unificadora, dos palabras que se convirtieron en el terror de la clase conservadora. Aprobada la Constitución, al ministro Fernando de los Ríos le tocó lidiar con la reforma más drástica y conflictiva: la disolución de la Compañía de Jesús; a las órdenes religiosas se les prohibió impartir enseñanza mientras a los maestros se les “libera” de la obligación de dar doctrina en clase.

“Es una medida discutible en un régimen de libertades, pero lo cierto es que era constitucional”, asegura Molero. “La España de la época quizá no estaba preparada para estos cambios” razona Domínguez. En todo caso, la política de sustitución de la escuela religiosa pusieron los colegios en manos de seglares con los derechos civiles reconocidos. Tenían otro nombre, pero era lo mismo. De hecho, el número de centros privados era mayor en 1.935 que en 1.931” Unos colegios privados a los que se permitió fijar su ideario. En 1.933 hay de nuevo elecciones. La mujer estrena el voto femenino y la derecha – la CEDA de Gil Robles – llega al poder. Los progresistas verán cómo se va destejiendo parte del sistema diseñado. “Ellos mismos se llamaron el bienio rectificador”, recuerda Cristóbal García, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Huelva. Se frenó la financiación educativa y las medidas laicas, aunque no se derogaron, fueron escamoteadas. “Aquel bienio dedicó su política docente a frenar, si no a liquidar, las medidas anteriores”, critica Molero. Pero señala, “en justicia”, dos iniciativas considerables de aquel periodo: “Un buen plan de bachillerato y una comisión para la reforma técnica de la escuela que no pudo dar sus frutos”. Por entonces comenzó el baile de ministros de Instrucción: “16 hubo en el total de la República: imposible hacer políticas a medio plazo”, lamenta Molero. Luego se sucedería el Frente Popular y después un golpe de Estado que resultó largamente nefasto para la educación.

Antes que educar, la República se vio obligada a dar de comer a los niños. Incluso vestirlos. Había cantinas y roperos escolares y cobraron fuerza las Colonias Escolares que ya antes había puesto en marcha Bartolomé Cossío.