Este mes de abril, el día 14, se conmemora la llegada de la II República Española instaurada en el año 1.931, y por ese motivo daré inicio una larga serie de comentarios referente a dos de sus ejes políticos fundamentales: el que significó su proyecto más ambicioso y que tuvo como meta la culturización de un pueblo secularmente semianalfabeto en las letras y, por ello, en manos de sus opresores sociales y las estructuras de poder que se aprovechaban de esta circunstancia para ejercer su dominio y explotación sobre un pueblo que aún no había alcanzado su concepto de ciudadanía y consecuentemente, conocedor y defensor de sus derechos.
El segundo de estos ejes rectores fue la laicidad del Estado por medio de la separación, como en cualquiera de las naciones modernas de hoy día, entre la Iglesia y éste, alejando al pueblo llano de una religiosidad rayana en la superstición y, por ello, sometido a la nefasta influencia de una Iglesia católica cuyos sacerdotes, desde las escuelas y los púlpitos de sus parroquias, ejercían un adoctrinamiento acientífico y oscurantista en el que, en una sociedad eminentemente agraria, si llovía mucho o llegaba la sequía, se sacaba al santo o santa de turno para invocar su ayuda – algo que, evidentemente, habría resultado ser un auténtico milagro si hubiera ocurrido así – forma de proceder más propia de los chamanes de cualquier tribu perdida que de hombres racionales de la Europa de la Ilustración, y así, entre romerías, rezos de rosarios y procesiones varias se mantenía a un pueblo, miserable en sus necesidades básicas, cargado de hijos hambrientos a los que ni se podía atender y mucho menos educar – pero que según estos sacerdotes eran “la bendición de Dios”, sobre todo para el terrateniente del lugar ya que suponían una segura y futura mano de obra – si lograban sobrevivir en aquellas condiciones de hambre, falta de higiene y carencia absoluta de atención médica - a la que seguir explotando, y al que la única respuesta que se le daba cuando se postraban ante el confesionario preguntándose cual era la causa de sus muchas penas y trabajos que: “eran los muchos pecados de los hombres los que originaban sus desgracias”. Lo cual, aparte de ser una solemne estupidez demostraba a tan apocalíptico comunicante no haber leído a Calderón de la Barca cuando pone en boca de Segismundo aquello de, /¡Ay mísero de mí! ¡Ay infeliz! / Apurar, cielos pretendo,/ ya que me tratáis así,/ qué delito cometí/ contra vos naciendo:/ aunque si nací, ya entiendo/ vuestra justicia y vigor, / pues el delito mayor/ del hombre es haber nacido/
Como todos sabemos, estos proyectos modernizadores y esta República fue ahogada en sangre y, no contentos con ello, sus verdugos dedicaron tiempo y esfuerzos para echar sobre ella todo tipo de basura y de falsedades tendentes a ahogar su memoria y reivindicación, algo que últimamente se está desmontando a través de los trabajos de un movimiento republicano cada vez más fuerte y comprometido.
Comprendo que la lectura de mis posts no resultará fácil ya que puede ser árida y pesada, pero, sinceramente, creo que merece la pena el conocimiento de una parte de nuestra Historia que aún condiciona nuestro presente.







a fecha de este comentario vas ya por la cuarta entrega y te felicito por los textos pues aunque sea un tema mil veces visto mas bien parece que ha sido mil veces mal entendido.
a mi personalmente me resulta gratificante leer textos con una buena perspectiva e intuyo que la tuya goza de gran memoria, así que gracias por tus apuntes de historia de los errores.
Gracias a tí, por leerme.
Es cierto, es una historia mil veces repetida pero a la que se le ha vertido mucha paja - por no decir otra cosa - y, muy recientemente, desde algunos pretendidos historiadores que, en su afán revisionista, cargan las tintas sobre hechos de los que no se puede responsabilizar a la república y silencian, interesadamente, las luces que indudablemente tuvo.
Un saludo.