Escuchando en el día de ayer una emisora de radio oí al periodista argentino Jorge Lanata, que se encontraba en las islas Malvinas, hacer referencia al estado en el que se encontraba el cementerio donde yacen para la eternidad los bravos soldados argentinos sacrificados, hace 25 años, a los intereses políticos de la cúpula militar que dirigía entonces la nación platense y, concretamente, al general Leopoldo Galtieri Presidente de la República Argentina.
Esta noticia me hizo pensar en aquellas fechas; andaba yo navegando por aguas de Namibia – protectorado de Sudáfrica desde que la Sociedad de Naciones puso bajo su control la antigua colonia alemana del África del Sudoeste – cuando estalló el conflicto armado y, como es natural, por afinidad cultural y por ser de justa razón la reivindicación argentina sobre el archipiélago del Atlántico Sur – aunque no lo fuera la invasión de las islas – mi corazón se situó del lado de las fuerzas argentinas, seguí con atención el desarrollo de las jornadas posteriores y sufrí la decepción del desenlace final siempre esperando que fuera otro, aunque mi conocimiento del espíritu imperialista que siempre guió a la Gran Bretaña – caso nuestro con Gibraltar, desde 1.714 única colonia que queda en Europa y reclamada con insistencia por España – me hacía temer lo que finalmente acabó sucediendo.
No hace falta recordar el año de 1.976, el golpe militar comandado por el general Videla y la cruel represión que a continuación se produjo sobre una parte del pueblo argentino, pero si me detendré en otros recuerdos que tuvieron lugar en aquellos años, posiblemente en el 77 ó 78 – no consigo situarlo con exactitud – Andaba yo, pasando unos días de descanso en una ciudad del norte de África, Tánger, cuando arribó en viaje de estudios la fragata-escuela de la Armada Argentina ARA “Libertad” – bello navío de 103,75 metros de eslora y 14,31 de manga, cuatro palos, teniendo en cuenta el bauprés, armado con velas cuadras, estays, foques, 1 trinquetilla y 1 cangreja, que le permitían alcanzar los 18 nudos, y bello nombre de una palabra que no se respetaba en su país de origen – Decía, estar pasando unas jornadas en la ciudad marroquí que se asoma al estrecho de Gibraltar cuando, a través de unos amigos, pude conocer a uno de los cadetes del barco, de nacionalidad uruguaya, y, a través de él se me pasó una invitación para asistir a la recepción que tuvo lugar a bordo del mismo la noche previa a su salida a la mar para continuar el viaje de instrucción.
La noche era agradable y cálida y la fragata lucía empavesada y cubierta de bombillas desde los penoles hasta la cubierta principal lo que, desde la distancia, proporcionaba una preciosa imagen de la nave. La banda de música del navío amenizaban la recepción sobre una cubierta de madera de una limpieza impoluta y civiles y marinos, de uniforme azul y botones y entorchados dorados, con las bebidas o los canapés en la mano formaban corrillos y se entablaban agradables conversaciones, sobre la misma o en las cámaras de barco, cuyos mamparos de madera mostraban metopas, insignias, fanoles y en donde los metales, tanto en ellas como sobre la cubierta y puentes, brillaban más que si fuesen de oro.
Me encantan estos modelos de barcos y siempre añoré no haber nacido en el siglo XVII o XVIII para haber tenido la oportunidad de navegar en uno de aquellos preciosos buques de línea que fueron los reyes de la mar durante muchos años, hasta que se impuso el vapor sobre la vela. Por este motivo me encontraba en pleno disfrute del momento, cuando se me acercó el “pater” de a bordo, impecable en su atuendo de marino inició una conversación que derivó en la situación política por la que atravesaba entonces la República Argentina y, dentro de ella, a justificarme la actuación de la Junta Militar sobre el pueblo argentino para “librarle del peligro comunista”.
Aquello cambió la satisfacción en disgusto y me hizo pensar en otros militares y otros sacerdotes, esta vez españoles, que también utilizaron la misma excusa años atrás para intentar justificar sus crímenes. Comprendí que la Iglesia católica no tiene fronteras, actúa de forma unitaria independientemente del país que sea y, siempre, al lado de los militares, uniéndose en perfecto maridaje la cruz y la espada,
Sintiéndome incómodo allí, abandoné la nave y mi disgustó se disipó algo cuando, al ir caminando sobre el muelle, dos preciosidades árabes, vestidas con lujosos kaftanes de ricas sedas, confundidas por mi traje azul marino me tomaron por marino de la “Libertad” y en un perfecto francés me solicitaron las invitase a la fiesta que tenía lugar a bordo. Intenté ayudarlas pero la guardia del portalón no les permitieron su acceso y, casi tan desilusionadas como yo mismo, emprendimos el regreso hacia el centro de la medina.







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