Bus, Blair, Aznar y Barroso
Se puede leer en la Biblia (Gén. 2:14) que, el Paraíso, estaba situado entre dos grandes ríos, el Tígris y el Eufrates, esta historia tuvo lugar en aquellas tierras pero no corresponde a hechos realizados por ángeles, sino más bien por diablos, y no de cuernos, rabos y pezuñas, por el contrario, de aspecto humano, como tú o como yo, que son los más peligrosos.
El, ya lejano en el tiempo pero no en la memoria, 20 de mayo de 2.003, el mundo se despertaba con una nueva ignominia de las muchas que han jalonada la marcha del hombre por la Historia y un ejército, fundamentalmente formado por tropas de los EEUU y del Reino Unido, iniciaba la invasión de la nación de Irak bajo la supuesta hipótesis, mantenida por los invasores, de que el régimen de Sadam contaba en sus arsenales con armas de destrucción masiva, que estas podrían alcanzar objetivos occidentales en cuarenta y cinco minutos y que, el Gobierno Iraquí mantenía contactos con la red terrorista de al-Qaida, de Bin Laden, implicada en la acción terrorista del 11S en Nueva York.
Ninguno de estos supuestos ha sido probado hasta la fecha y aquella invasión, aparte de la captura y muerte de Sadam y la desaparición de su régimen, ha supuesto un caos, en lo político, un incremento en el terrorismo e inestabilidad de la zona y, lo que supone de tragedia humana, la destrucción de un país cuna de la civilización, y la muerte de centenares de miles de personas. Pero, esto con ser grave, no es la causa del comentario, esta es otra. Los que tenemos ya cierta edad aún guardamos en el recuerdo las imágenes que nos llegaban a diario de los lejanos frentes del Vietnam o de Camboya, operaciones militares bajo nutrido fuego del Vietcong, transporte de soldados con terribles heridas de guerra o ya cadáveres, bombardeo de míseros poblados y, trufándolas, el horror de unos niños huyendo despavoridos ante un ataque de Phantom F5 con Napalm, o el crimen de guerra en directo y ante la cámara de un guerrillero asesinado por un oficial sur-vietnamita. Todas estas barbaridades, como no podía ser de otro modo, originaron en la población mundial un rechazo a lo que estaba ocurriendo en las selvas del Sudeste Asiático y dieron origen a un movimiento de lucha que fue una de las causas por las que, el soberbio ejército norte-americano – en sus acepciones de imponente máquina de guerra, y de arrogancia y desprecio del enemigo – acabó siendo derrotado y expulsado de un país en el que dejó casi 60.000 bajas y centenares de miles de heridos, amén de un orgullo gravemente dañado entre la población norte-americana.
Con estos precedentes no resulta extraño que los “mandarines” de la Casa Blanca y del Pentágono se juramentasen para que no volviera a ocurrir más algo parecido y, desde entonces, sus acciones bélicas se han visto autocensuradas y se ha cumplido, una vez más, aquello de que: “En las guerras, la primera victima es la verdad”. Por ello, no extrañó a nadie que en esta nueva demostración del “músculo militar americano” los reporteros destacados por sus cadenas y editoriales tuvieran que aceptar ser incluidos dentro de las unidades militares – bajo una extraña palabra que sonaba en español algo así como, “incrustados” – que suponía no asistir al desarrollo directo de los combates sino de acceder al campo de batalla una vez hubiera finalizado esta y, por tanto, enviar a sus sedes imágenes “mutiladas”. De esta forma, el mando de las tropas se movía en una doble filosofía, por un lado evitaba mostrar al mundo la “realidad de la guerra” y, por otro, sólo permitía ver aquello que a sus Servicios de Propaganda e Inteligencia le interesaba a través de sus propios reportajes o de la cadena ultra-conservadora Fox, y por ello también, una serie de “incidentes” que se dieron lugar entre las columnas que invadían Irak y algunos de los periodistas que, “por libre”, se encontraban sobre el terreno. Es precisamente, uno de estos “incidentes” el que me hace escribir estas líneas.
Recuerdo, como si fuera ayer, las imágenes tomadas desde un punto elevado de un carro de combate Abrams M1 avanzando – supongo, con pavoroso ruido metálico, chirriante y estridente de orugas tractoras - en un escenario de palmeras para, poco después, detener su marcha, girar la tortea y elevarla unos grados para, tras unos breves minutos de esperanza o amenaza, observar como desaparece la primera y se confirma la segunda que se hace evidente en el disparo que se muestra en la boca del cañón de la máquina de guerra.







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