Todos, hoy día, hemos viajado lo suficiente como para haber visto en cualquier rincón de la vieja piel de toro, ya sea población de importancia, núcleo rural o villorrio en proceso de abandono, la presencia de imponentes arbotantes y pináculos de catedrales góticas, recios muros de iglesias coronados por nidos de cigüeñas o los recintos de piedra pertenecientes a conventos o monasterios, es más, según nos vamos aproximado a uno de estos asentamientos humanos, por mísero que sea su aspecto, seguro que tendremos la posibilidad de contemplar sobresaliendo de la altura del caserío dos, cuatro o más espadañas en las que culminan las torres de las distintas iglesias que mantienen el culto en el lugar.

Si tenemos alguna inclinación religiosa, porque nos gusta el arte o, simplemente por curiosidad, tal vez hemos entrado en cualquiera de estos recintos sagrados y, entre la penumbra del lugar, el ambiente de silencioso recogimiento y el olor a cera de velas e incienso, es muy posible que nos hayamos quedado extasiados en la contemplación de soberbias columnas de mármol o de granito, altares, púlpitos, estatuas o reclinatorios en alabastro, exquisitas vidrieras de cristal multicolor, nervudas pechinas, primorosos cuadros pertenecientes al pincel de los artistas más universales, coros en maderas nobles cuya talla nos produce asombro por su factura y minuciosidad, retablos barrocos áureos apabullantes, verjas férreas de laboriosa forja, claustros románicos o góticos envidiables en las formas de sus arcos y en sus piedras, lámparas y bronces, etc., etc., y si me apuráis, toda la riqueza, artística y patrimonial que se esconden tras esas paredes: manuscritos miniados, códices, tapices de Flandes, muebles de rica taracea, frescos, mobiliario de maderas exóticas, marfiles, cristales y espejos de Venecia, etc, etc, y la presencia profusa del oro, las joyas y la plata en los elementos de la liturgia diaria. Y, qué decir de las fachadas o de los interiores de esos antiguos conventos y hospitales algunos de ellos transformados en paradores, con sus artesonados, escaleras en granito o mármol de bellas formas y tonalidades y que nos hablan de antiguos esplendores e incontables riquezas terrenas..

Ahora, hagamos una abstracción en el tiempo y pensemos por un instante en la época en la que se realizaron todas estas maravillas, tal vez los siglos XIII, XIV, XVI, o XVII, cualquiera de ellos puede se válido y pensemos también cómo sería la vida en aquellos años para la población. La nobleza viviendo en castillos o palacios macizos y suntuosos, la burguesía en casones de buena planta en piedra o ladrillo, el pueblo llano hacinado en casuchas de adobe mal ventiladas, oscuras e insalubres levantadas en callejones cubiertos de barro y malolientes, el clero ya hemos visto donde, en alojamientos anexos a estas iglesias o catedrales tan imponentes en sus formas como el edificio principal.

Ahora, imaginemos el desembolso económico (por ejemplo, una catedral gótica representa, en su momento, el esfuerzo hoy día del lanzamiento de una nave espacial, y el monasterio de El Escorial supuso un coste superior al invertido en la Armada Invencible) que tuvo que suponer en aquella época la construcción de todos estos edificios, decoración y mobiliario, y en el esfuerzo técnico y de materiales tanto autóctonos como importados que fue necesario para poner en pie toda esta ingente obra que supone el patrimonio actual de la Iglesia al que habría que sumar todo el que corresponde, en inmuebles y fincas, a las varias desamortizaciones realizadas en el siglo XIX y que, tal vez, nos de una idea que nos aproxime algo al verdadero poder económico del que dispuso la Iglesia en el pasado, eso, sin profundizar en el aspecto moral de la confesión por la que se obtenía un poder enorme sobre la gente a través del conocimiento de su vida íntima y de sus secretos, el ingente negocio montado con la creación del purgatorio y todo los bienes obtenidos a través de misas con el fin de sacar de él las almas de los fallecidos, o con las distintas Bulas que, mediante el pago de las mismas, se eximía del cumplimiento de determinadas obligaciones, y yo me pregunto, ...¿Es este el espíritu del Evangelio? ... ¿No es bien cierto, que toda esta exhibición de riqueza y de la relajación de las costumbres en el Clero fue la que propició la aparición de corrientes en su seno intentando recuperar el primitivo cristianismo y de ahí el Cisma, y el nacimiento de las distintas Órdenes, como por ejemplo, el Cister o los Cartujos?

Sinceramente, recibí mi educación en colegios religiosos y, tanto lo que vi allí como lo que estoy percibiendo a través de la Iglesia católica oficial y sus Ministros más destacados, llámense Rouco o no, me hacen pensar que esto que ellos predican nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo, que el auténtico está en el ejemplo de un Jon Sobrino en América o en estos curas en Vallecas, hoy amenazados con el cierre de su parroquia por el Arzobispado de Madrid, y por mucho que me adviertan desde el Vaticano de que el infierno existe o que el uso del preservativo es pecado, yo, seguiré sin hacer caso ni a una cosa ni otra y mi conciencia de pobre pecador estará al lado de estos magníficos heterodoxos de la Iglesia, .... ¡Qué le vamos a hacer, yo, soy así!