Los dos últimos días estuvo nevando. Primero lo hizo con desgana, suavemente, como costándole a los copos un gran esfuerzo desprenderse de un cielo gris y pesado y caer casi de forma ingrávida transformados en una especie de pequeño plumón de ave para posarse aquí y allá sobre el húmedo pavimento. Luego, no mucho más tarde, todo cambió y se transformó en una espesa cortina de lechosos copos que difuminaron el contorno de las casas y que no tardaron en cuajar convirtiendo calles y tejados en un homogéneo manto blanco que adquiría consistencia y altura a medida que pasaban las horas. Parapetado tras el cristal de la ventana del refugio que formaba mi abuhardillado dormitorio me encontraba en una curiosa frontera física, tras de mí, protegido por un agradable calorcillo proporcionado por la calefacción del hogar y, sobre mi rostro, notando el frío que traspasaba la delgada pared transparente de un empañado cristal sobre el que venían a coincidir alguno de aquellos copos de nieve para permanecer durante un suspiro pegados al mismo, mostrándome el arabesco perfecto de su forma y, al momento, convertirse en una gota de agua de la que estaban formados y deslizarse cristal abajo en vacilante e irregular camino y, mientras observaba complacido aquel bello espectáculo que ponía paz en mi espíritu mi mente se adelantaba a los acontecimientos y volaba para mostrarme las sensaciones que experimentaría cuando pudiese subir a alguno de los montes que rodeaban el pueblo y poder contemplar desde allí toda la panorámica del nevado paisaje desparramándose ante mi vista.

Por ello, tan pronto el tiempo pareció estabilizarse y a la nevada le sucedió un frío día de invierno con un cielo de un azul desvaído en donde el Sol se mostraba tímido y como sin fuerzas, me abrigué convenientemente y calzado con gruesas botas y armado de un bastón para la nieve no lo pensé más y me dispuse a dar satisfacción a mis deseos que no eran otros que disfrutar de una tarde en la plácida soledad de la montaña, y no mucho más tarde me encontraba dejando atrás las últimas casas de la población y pisando el angosto sendero que me prometía llevar hasta el bosque de pinos.

Pisando cuidadosamente, afianzando bien los pies para no resbalar y con la ayuda del bastón, escuchaba el crujir de la nieve que se hundía bajo mis pies en el silencio casi absoluto que pesadamente me envolvía y que, de vez en cuando, se rompía con un ruido seco, blando, producido cuando una masa de nieve se desprendía de unas ramas que ya no podían soportar por más tiempo su peso. Más que viendo, adivinando, por donde discurría el caminillo que zigzagueaba cansadamente en empinadas curvas y contracurvas continuas rodeado de aquel mar de troncos y ramas de árboles que me impedían la visión directa del cielo, pronto me vi acompañado por el jadeo pesado de mi respiración que buscaba oxígeno y el tamborileo de mi corazón que llevaba un ruidoso martilleo a mi pecho y aceleraba el pulso en mis venas haciendo que a media ascensión, me viese obligado a detenerme para recuperar fuerzas y poner cierto orden en mis sofocados pulmones. Fue, durante ese momento de obligado descanso cuando, a escasos metros de donde me encontraba, una porción de nieve se desprendió del ramaje y con un sordo “chofff”, que se prolongó en apagado eco, cayó sobre el manto blanco que me rodeaba dejando en su caída a través de las ramas una lenta lluvia de polvo finísimo que, al ser herido por un débil rayo de Sol que se filtraba a través de las copas de los árboles, se transformó en una miríada de reflejos diamantinos que pusieron en el aire como una minúscula parte de la estela que, Wendy, dejaba tras ella en su vuelo sirviendo de guía a Peter Pan.